大杉谷

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Tokio, 20 sept. 2009 L. Rabasco

Osugidani es uno de esos lugares de ensueño para los inadvertidos habitantes de las ciudades. Inaccesible incluso para los moradores de sus distritos aledaños, aventurarse en lo profundo de este valle supone asumir el riesgo además de un gran esfuerzo. El paso desde la civilización hacia las cada vez más escasas áreas salvajes, se va difuminando imperceptiblemente a medida que avanzamos río arriba.

La fuerte pendiente de sus gargantas hace que los colapsos de rocas bloqueen a menudo sus accesos. Su fauna tampoco se deja amedrentar. Durante los meses más cálidos, legiones de peligrosos insectos pululan por doquier y las víboras (mamushi) son frecuentes. Un encuentro fortuito con el oso tampoco sería de extrañar. Por el contrario en invierno la nieve lo cubre todo y sólo el gélido viento se atreve a adentrarse en el bosque.

Aquellos que respetando las reglas del sentido común, logren penetrar en los misterios del bosque, tendrán su recompensa: La contemplación de la pureza que la mano del Creador nos ofrece en todo su esplendor. Debemos preservar este precioso legado.

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